Una fábula económica

Hace unos años, cuando Intereconomía aún vivía en los cuarteles, Jorge respondió a un anuncio que ofrecía una habitación en un piso compartido. En la entrevista con los que serían sus compañeros conoció a Ángela, arquitecto, a Nico, reputado enólogo, y al resto de habitantes. Jorge les contó que era un tipo sociable, que le encantaba la ubicación de la casa y que todos le parecían guays "ya de primeras". A los habitantes les cayó bien el tipo y le dieron el visto bueno, no sin antes advertirle que, al ser tantos en el piso, terminaban pagando unas facturas de luz y teléfono importantes. "Eso no es problema, yo soy abogado y ganaré mucha pasta. El único problema es que acabo de llegar a la ciudad y no tengo trabajo. Si me pudierais hacer un préstamo hasta que tenga ingresos sería perfecto..."


A nadie le pareció mal. Es más, ni siquiera fue un préstamo, sino una especie de regalo. Le dieron el dinero a Jorge con una sola condición: que si en un futuro llegaba un compañero en sus mismas condiciones, él también tendría que aflojar la gallina.

Pasaron semanas, meses, años sin que Jorge abandonase la 'empresa verde' del Estado. Y ciertamente tardó, -"¡Joder si tardó!", apuntilla Doña Perspectiva- pero al final llegó un día en el que Jorge irrumpió entró al salón gritando: "¡Tengo trabajo! ¡Y me pagan un pastón!".

Todos lo celebraron y, quizá por casualidad, Nico y Ángela dejaron esa noche de soñar con un sumidero gigante que siempre terminaba por tragárselos. Ambos, por separado, le confiaron la pesadilla recurrente a sus loqueros, y a ambos, por separado, les aconsejaron que menos trabajar y más follar.

Sin embargo todavía quedaba mucho espacio libre en el piso, de modo que se decidió incorporar más compañeros. "Más pasta común significa cambiar el ADSL por cable y pillarnos la ansiada secadora", argumentaron. Así que ficharon a Darío, a Pedro y a alguno más con pinta de alelao. La mayoría eran inmigrantes y tenían trabajos cutres, de limpiadores or something else. Y de nuevo la rueda volvió a girar; los veteranos ayudaron a los nuevos y estos pronto se sintieron como en casa.

Bueno, en realidad no ayudaron todos. Jorge se negó. Explicó que andaba corto de pasta porque tenía el coche en el taller. "La puta ITV, ya sabéis, es un sacacuartos", les soltó a unos ojipláticos Nico y Ángela. Luego fue el entierro de su padre. Después, un atraco en la "puta puerta" del portal. Por último, un cajero díscolo con hambre de plástico.

Tantísima vicisitud escamó a Ángela, que comenzó a seguirle de cerca. Vio que Jorge salía todos los días de casa a las 8, sí, pero no para ir al despacho, sino al bar de enfrente. Allí le caían las horas mientras pasaba del café al cubata sin despeinarse. Acto seguido Jorge fijó rumbo a un local llamado 'Sensaciones'. Las luces de neón y los cristales tintados fueron suficientes para que Ángela prefiriese esperarle en la calle. Tres horas después, Jorge salió del garito en dirección a casa. En el ascensor se 'encontró' con Ángela (el matiz que separa 'toparse con alguien' de 'esperarle agazapado en la garita del conserje' justifica las comillas). "Buff, estoy reventado, ha sido un día horrible en el trabajo", le escupió a su compañera.

Ambos sonrieron.

Cuando Nico se enteró, vía WhatsApp por supuesto, convocó de inmediato a todos en el salón. Le pidieron explicaciones a Jorge, cuyo rostro pasó de la ira al llanto en lo que se ahueca un pedo. Entre sollozos reconoció haberles mentido: "No, no soy abogado, snif, pero sí tengo trabajo. Curro en un puti limpiando las corridas del personal, snif, snif, snif, por 500 euros.". "Y lo poco que gano -siguió Jorge-, me lo bebo en dos mañanas... snif, snif... ah, y en putas, que me hacen un 50% por estar en plantilla".

No se sabe si fue el pelaje de la trola o el esbozo de erección que se marcó al tocar el tema de las lumis, pero el caso es que los aún benefactores Ángela y Nico se enfadaron a tutiplén. Clamaron, bramaron y secagaronensuputamadrearon. Y es que uno asume que a los representantes públicos se les paga el alcohol y las guarras, pero duele más si se las financias a un menda al que ves rascarse el culo con inexplicable asiduidad. A primera hora del día encima, que tienes la tripa rara y te da ascazo la vida.

Para no mandar a Jorge "de una patada a la puta calle", los compañeros decidieron volver a ayudarle a cambio de que dejase las prostis y los cubatas e hiciese propósito de enmienda. Y también, si no era mucho problema, querían echarle un ojo a su extracto bancario, por aquello de que lo iban a sanear ellos. Jorge no tuvo más remedio que bajar al Cajamadrid -en las fábulas no existe Bankia- y actualizar la libreta de ahorros.

Deuda. Deuda. Pago de comisión. Deuda. Descubierto. Deuda. Pago de comisión. Descubierto. Deuda. Retención de saldo. Deuda. Pago de comisión.

A los compañeros les recorrió un escalofrío por la espalda al comprobar que en aquellos movimientos de cuenta había más agujeros que en Sotogrande. Es más, Joselu, el que hacía ruido todas las noches, apuntó con certeza que un campo de golf solo hay dieciocho hoyos. El tipejo llevaba tiempo sin pagar las facturas comunes y, lo que es peor, la dinámica indicaba que no podría pagarlas nunca más.

Se desató en el inmueble un debate que empezó en primavera y terminó en invierno; unos querían ayudar a Jorge, otros echarle. Alguno que otro llegó a pedir sus globos oculares, desprovistos de la carne aledaña, colgando del buzón. Lo que nadie quería una habitación vacía, así que al final optaron por pagarle los pufos y seguir soñando con la secadora. Solo le pusieron una condición. "Se acabó ir del bar al puti. Solo saldrás para trabajar. A partir de hoy nos ocuparemos de que vayas todos los días a la oficina y, por las noches, nos contarás lo que has aprendido, ¿de acuerdo?", le dijeron.

"Dejad que se lo comente a mi novia", concluyó Jorge.

Moraleja: Da igual lo que diga la chorba, Grecia se merece la hostia que se va a llevar.

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