Lo que el viento se llevó

Yo no creo en nada, pero a veces hay sucesos que me hacen dudar. Ayer, por ejemplo, comprobé sobrecogido como se desataba el único vendaval del verano justo cuando el Papa arrancaba el 'bolo gordo' de su tournée. El parte meteorológico se había pasado toda la semana presagiando una velada agradable para el Vaticano y, sin embargo, apenas Ratzinger subió al monstruoso escenario de Cuatro Vientos, se lió la marimorena climatológica.

Fue un fenómeno acojonante, ajustado en los segundos: salir el papa y comenzar la tormenta fue todo uno.
Ayer en Cuatro Vientos se reunió más de un millón de creyentes. Pasaron toda la tarde en una explanada sin acondicionamiento alguno, a merced de los 40º del verano madrileño, que provocó un saldo de 9 heridos y 900 intervenciones del Samur. Daños colaterales que poco importan, pensarán ellos, con tal de escuchar el importantísimo mensaje que Benedicto XVI necesita transmitir al mundo.

No había terminado el saludo cuando un ventarrón se llevó el gorrito papal por los aires. Un complemento que, coincidimos varios televidentes, sería mucho más cómico con una hélice en el tope, al estilo Doraemon. El caso es que el micro empezó a hacer extraños y desde el Vaticano optaron por una suspensión temporal del evento, no se le fueran a volar los papeles al santo padre y todavía el evento terminase en los zappings.

Los próximos quince minutos los pasó Ratzinger acorazado entre cuatro paraguas mientras el ejército de católicos recibía una generosa dosis de viento y agua. Y con los dedos en cruci, que los relámpagos se escuchaban muy cerca.

En la religión, con en política y en las demás disciplinas que en general subsisten a base de decir gilipolleces, las cosas malas pueden ser interpretadas como buenas. Fijaos que los resultados electorales, los sondeos y los debates siempre benefician a todos, independientemente de su cariz. Así, la lluvia de ayer también fue bendecida, si bien, a la postre, terminó por joder el acto.

"Que la palabra caiga como lluvia sobre vosotros, dice la Biblia. Esta tormenta la envía Dios para refrescar a los peregrinos", argumentaban las ratas vaticanas de Telemadrid para rellenar el vacío televisivo. La organización repartió gorritos y paraguas solo a los cardenales y demás miembros del palco VIP, haciendo buena la máxima cristiana que dice que, a ojos de dios, todos somos iguales. Los peregrinos, por su parte, resistieron el vendaval con esos cánticos y consignas que algún día tendrán que mencionar a sus respectivos psicoanalistas.

Cuando por fin cesó la cólera de dios y el caparazón de paraguas dejó ver de nuevo a Ratzinger, este se encontraba debatiendo con sus sicarios. "Vuestra resistencia es más fuerte que la lluvia", dijo el alemán en un momento en que se desató el fervor de los congregados. Había sido una jornada durísima, con calor extremo y lluvia intensa, pero por fin los peregrinos iban a escuchar el mensaje que habría de guiar sus vidas.

Y llegó el petardazo. Ratzinger balbuceó dos frases inofensivas, avergonzó a la ciencia dándole a la tormenta pátina divina y se largó. Sin más. Como si de Keith Richards encaramado en una palmera se tratase, el papa se volvió al hotel sin haber hablado ni dos minutos.

El mensaje de las JMJ, ese por el que había que cruzar medio planeta, se lo llevó el viento. Más tarde la presencia de los bomberos delató que la ventolera había debilitado la estructura de la macrovejiga y no se garantizaba la seguridad del santo padre.

Me pregunto si la de la seguridad es una excusa válida para el millón de personas que estaban allí. A ellos, por cierto, nadie les avisó de nada. Si de cualquier otro espectáculo hablásemos, como un concierto o un desfile, al petardazo le hubiesen seguido silbidos y lamentos de todo tipo: los peregrinos callaron.

¿Es que el mensaje de dios está supeditado a que se caigan trozos de la suerte de vejiga gigante que ayer se instaló en Cuatro Vientos? ¿Es que no hay nadie en la iglesia, entre misioneros y ascetas, con el coraje necesario para desafiar el temporal y darle a su audiencia lo que sobradamente merece? Quizá esos chavales, que no serán premios Nobel pero la voluntad no se les puede negar, merecían que Benedicto diese cinco pasos al frente, saliese de la zona de peligro, y proclamase, de pie y bajo la lluvia, la palabra de su querido jefe. Quizá se podría haber esperado, haber desmontado el dorado invento y, después, haber continuado. Quizá se podría haber emitido el mensaje enlatado por megafonía.

No sé, se me ocurren cien fórmulas más respetuosas para ese público que la despedida a la francesa. Y, si les van a tratar así, que no les llamen creyentes: que les llamen crédulos.

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"Si te meto una hostia..."

La manifestación atea de ayer hirió alguna sensibilidad y, desde luego, sacó la peor cara de las instituciones.

Esta es la de la Policía Nacional.

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