No tengo la más remota idea de si Iñaki Urdangarin es o no culpable, ni tampoco me importa: lo único que sé es que debe ir a la cárcel. España, los españoles, no tenemos fe alguna en nuestro sistema de justicia. Nadie, o casi nadie, piensa que la Justicia sea ciega en nuestro país, y una sociedad que no cree en su Justicia termina por no creer en ella misma. Sabemos demasiado bien que, en España, sigue vigente la máxima que el filósofo Anacarsis acuñó hace 2.600 años: "La Ley es como una tela de araña: los insectos pequeños se quedan enganchados, pero los grandes siempre la rompen".
Por eso recojo con infinito escepticismo las palabras del rey en nochebuena; porque es muy sencillo teorizar cuando la Constitución te prohíbe internarte en el campo práctico. Y es que cuando el Jefe de Estado no tiene más poder que el de la palabra, puede decir lo que le salga de las narices. Lo que sí destilo de las palabras del Borbón es que si a su yerno le empapelan, él va a hacer la estatua. ¡Así que metamos un buen paquete al Urdangarin y recuperemos la confianza ciudadana!
Todo será más sencillo si el 'handbalero' este ha estado dando pelotazos con la chapita de agente real. Pero, si es inocente, que pague igual: dos añitos a la sombra. En mínima seguridad y con chófer y jacuzzi si es necesario. ¿Acaso París no vale esta misa? Que han sido catorce años de vivir del cuento, Iñaki.
Oh, sí, sería una cabeza de turco. Una expresión que evoca corrupción y no debería existir en una sociedad con una Justicia justa, pero este no es nuestro caso. Nosotros estamos hartos de ver escándalos políticos en la prensa que se diluyen en agua al tiempo que nuestros mini-fraudes fiscales son motivo de multas y embargos. Si un extraterrestre llegase al planeta desprovisto de cualquier influencia humana, le sería imposible comprender que un tipo acabe entre rejas por robar 2.000 euros de una farmacia y que otro, por utilizar fondos públicos para financiar el terrorismo, ni siquiera pase por el banquillo.
Por cierto, que últimamente está muy de moda imputar a altos cargos. A diferencia de los primeros años de la democracia, ahora es habitual ver a presidentes autonómicos y grandes empresarios declarando ante el juez... con los mismos resultados que antes. El descrédito y el bochornoso numerito mediático que se monta alrededor es lo más parecido a una condena que verán estos señores. De hecho, alguien debería sacar una estadística de 'peces gordos' y contraponerla con el número de ellos que fueron finalmente condenados: se nos quedaría cara de panolis.
Urdangarin expiará las penas por todos ellos: será Míster X, Mariano Rubio y Camps a la vez. Es el candidato ideal, sin padrinos ni intereses cruzados. Además el pueblo entendería que al pasar de ser un Don Nadie -a las audiencias del balonmano me remito- a Duque de Palma a uno puede írsele la pinza y meter la mano donde no debería. No olvidemos que la ética incurre en incompatibilidades con el 'sálvese-quien-pueda' que sirve de leitmotiv al capitalismo y que está por nacer el español al que un fraude fiscal le quite el sueño.
Necesitamos que Urdangarin vaya a la cárcel, porque esto ya no se sostiene. Y si no él, alguien de su calado. Estamos hartos de pezqueñines, señor Gallardón. Entrulle a un pez gordo o a dos medianos pero, por dios santo, cree ilusión de justicia.
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