La vida puede ser muy hija de puta

Tengo que confesar que, después de haber sido uno de los mayores fanáticos de Andrés Montes, en los últimos años dejé de seguirle. En círculos privados critiqué sus excentricidades y su falta de rigor en la narración, pero no era más que una excusa para encubrir la verdad.

No, no conocía a los jugadores ni era posible seguir el partido solo con sus comentarios; lógico, porque ser un locutor al uso nunca estuvo entre sus objetivos. Lo que me alejó de él fue el pesimismo existencial que irradiaba en la última época y que terminó por afectarme. Al verle no podía dejar de ver a un muchacho, antaño lleno de ilusión, al que la realidad le había destrozado el corazón. Con el tiempo, con los vaivenes de la vida, Andrés fue haciéndose una coraza de cinismo contra una industria que no figuraba en su esquema inicial. Creó un personaje de pajarita y chaqueta hortera ajeno a los malos viajes de la vida. Y es que, como cualquier genio, era un tipo diferente, de esos que vienen con un mundo bajo el brazo. Porque en el nuestro no pueden respirar.

La cruda realidad terminó por ahogar al niño, y Montes cayó en una espiral de melancolía de la que nunca pudo escapar. Nada resultaba como había imaginado y fue incapaz de soportarlo. Se veía tan frágil que renegó de su vocación, definiéndose como "un currante como tantos que tiene que vender la moto a diario". Su personalidad no valía para luchar contra separaciones, cuitas contractuales o ingresos hospitalarios. "Las pasó muy putas", dice Iturriaga con conocimiento de causa. Cada día, el negro tenía que sacudirse la depresión antes de entrar en directo en una lucha terrible que terminó por desvincular al niño del showman. En los últimos tiempos llegaba, actuaba y volvía a sumergirse en la pena.

"La vida puede ser maravillosa" decía, siempre en condicional. Estoy convencido de que el primer receptor de su mensaje era él mismo. Necesitaba, como el aire, repetírselo después de cada función para seguir adelante. Para seguir adelante con una vida que el viernes volvió a darle otro manotazo, el definitivo.

Ahora que le hemos perdido prefiero recordar al Andrés Montes original, al de los primeros años que, junto a su inseparable Daimiel, enloquecía con las jugadas de Aerolíneas Jordan.

3 comentarios:

Rubén de Vicente María dijo...

Además la existencia de un locutor/periodista o de cualquiera con un horario intempestivo e irregular puede llegar a ser dura. Imagino que con la edad se debe dar uno cuenta de que vive al revés de como lo hacen todos los que le rodean

Guyb dijo...

No es eso, pero está claro que hay una gran diferencia entre el Montes de las primeras noches y el último.

Al principio daba la sensación de ser un tipo genuino que estaba en el lugar que siempre había deseado estar. En los últimos años estaba incómodo, cansado, triste con su propia existencia. No ponía el alma y, si lo hacía, se notaba que lo hacía por pura profesionalidad.

En fin, después de haberle escuchado tantísimas noches, verle facturar sin ilusión los partidos me transmitía malas sensaciones.

Creo que Montes no era feliz cuando murió, y me da mucha pena.

John dijo...

coach factory outlet online
coach outlet store online
michael kors outlet online
michael kors outlet store
coach outlet online
coach factory outlet online
stan smith adidas
adidas superstar
adidas superstars
adidas nmd r1
20161018 yangheying