Ibiza: crónicas desatendidas (II)

* AVISO: El autor era, y sigue siendo, un completo ignorante en términos de cultura ibicenca. Por lo tanto, este artículo está dirigido a aquellos que están en una situación similar. Los lectores más versados quizá no encuentren información nueva y sí muchas obviedades, por lo que pido perdón por adelantado.

No olvidéis leer | Ibiza: crónicas desatendidas (I)

Como os decía, comer y beber en San Antonio sale económico. Paseando por sus calles se repite la pauta discoteca-restaurante-hotel-bar y vuelta a empezar, así que nunca se debe arrojar la toalla, porque siempre hay un mejor precio por la misma calidad. Un detalle encantador es la oferta de los supermercados, plagados de productos que, en el mejor de los casos, aguantaron un par de años en el mercado español. Y es que recuperar el Dr. Peeper, las Príncipe de Beckelaer de nata o el chicle en tubo no tiene precio. Algunos abren 24 horas y venden lo más barato posible, así que hacerse con una botella de agua helada y una porción de sandía se convierte en un ritual al regresar al hotel... por menos de dos euros.
La oferta gastronómica no destaca por su calidad, pero sí por su variedad. Platos españoles, ingleses, chinos, turcos, italianos e hindúes conviven en armonía para deleite del paladar sajón. Eso sí, escoger restaurante tiene menos emoción que unas elecciones en Venezuela, porque todos tienen lo mismo y lo cocinan exactamente igual. Pequeños detalles como el grosor de las pizzas o la marca de las patatas congeladas marcan la diferencia, así que lo mejor es guiarse por el emplazamiento y los precios. No es mala idea tomarse una Coca Cosa a media mañana y contemplar a los ingleses zampándose una tostada, una salchica y alubias sepultadas bajo medio kilo de mantequilla, porque es un espectáculo. Digo medio kilo y, de verdad, creo que exagero muy poco.

Considerad una ventaja el aire acondicionado, porque la mayoría de los hosteleros apuestan por la terracita en detrimento del interior, que lleva pidiendo una remodelación desde la década de los 60.
Y qué mencionar del libertinaje ibicenco. Dejaos guiar por esta máxima: si hay agua, hay tetas. Cualquier piscina, por pequeña y familiar que sea, es susceptible de presentar su pequeño catálogo de implantes mamarios. Las hay de todos los colores: operadas, grandes, pequeñas, morenas... No os preocupéis al respecto, os váis a hinchar a ver muchachas -y muchachos, me temo- casi como vinieron al mundo. En el fondo es un problema, porque da nosequé dirigirse a alguien de esa guisa, y uno trata absurdamente de mantener la mirada lo más alta posible. El fenómeno está tan extendido que muchas lo han extrapolado al resto de situaciones, de forma que no es raro encontrarse topleseras en el paseo marítimo, en un chiringuito o en una pequeña porción de césped.

Sin lugar a dudas, al poco os dejará de importar ver pechos al aire, y esto es lo peor que le puede pasar a un hombre.
Continuará...

1 comentarios:

Anónimo dijo...

jajajaja... mola... pero sospecho que la última foto no la hiciste con intención de inmortalizar a Marta en Ibiza... (a la que me sorprende ver tan recatada... aunque más me hubiese sorprendido la otra opción:)