Ibiza: crónicas desatendidas (I)

* AVISO: El autor era, y sigue siendo, un completo ignorante en términos de cultura ibicenca. Por lo tanto, este artículo está dirigido a aquellos que están en una situación similar. Los lectores más versados quizá no encuentren información nueva y sí muchas obviedades, por lo que pido perdón por adelantado.


Lo reconozco: soy uno de esos tipos que piensan en sol, tetas y droga cuando escuchan la palabra 'Ibiza'. Por eso según aterricé en la isla parpadeé cual poseso: quería tener las lentillas impolutas para no perder detalle pezonil alguno. Lo primero que sorprende es lo birrioso del aeropuerto. Se supone que un lugar que acoge tal afluencia de turistas, y al que solo se puede llegar por avión, debería cargar las tintas en este aspecto, ¿no? Pues nada, tres pistas, una terminal y un solo garito alimenticio. Eso sí, uno sabe que ha llegado a Ibiza al captar el olor a marihuana nada más salir del aeroport, amén de los gratuitos locales.
Aún sin conocer más me atrevo a recomendaros el pueblo de San Antonio para emplazar el cuartel general. Vaya por delante que es una colonia británica, con carteles en inglés y gastronomía ad hoc. Y éste es precisamente el origen de las virtudes del pueblo. Los british no vienen a hacer dispendios, sino a utilizar hoteles cutres para copular entre ellos. Así, en San Antonio comer y beber es barato, mucho más que Madrid, y los locales se esfuerzan en retenerte por allí. A saber: piscinas de todos los hoteles abiertas al público, trato exquisito al cliente, botellas de Absolut a 9 euros... y una eficaz estación de autobuses que te lleva a cualquier parte de la isla en 30 minutos.
De la actitud de los ingleses da fe el conductor que nos trajo del aeropuerto: "En llegar a San Antonio tardaremos 15 minutos, pero en atravesar la calle principal a estas horas (madrugada) nos demoraremos mucho más". Efectivamente, riadas de paliduchos alcoholizados hacen suya la calzada al caer el sol, y el tránsito motorizado se complica. Es un mal menor, porque su elevadísimo consumo tira por el suelo el precio de los cubatas.

Hay que estar hecho de un pasta especial para compartir barra con la grada joven de Anfield, por eso una parte del paseo marítimo está enfocada al turista nacional. Me refiero a la zona donde se ubica el conocido Café del Mar, meca del chill out que gobierna Ibiza. Suena como darle un Lexatin a la música de las palomitas, y más vale acostumbrarse, porque no te libras ni en las piscinas. A doscientos metros está Villa Mercedes, un viejo caserón remozado a base de buen gusto -y un par de milloncetes-. Después de tanto chunda chunda y vodka con Red Bull me pareció un oasis, con música en directo, sofases y combinados en atractivos colores. En las dos horas que estuve por allí, un tipo interpretó en acústico todo el All this time de Sting, seguramente entre mis cinco discos preferidos. Tan atento estuve que, entre cóctel y cóctel, casi me meo encima.

No os quiero engañar: tomarse una copita en esta villa es lo más caro que se puede hacer en San Antonio, pero al que se arrepienta estoy dispuesto a devolverle el dinero.
Continuará...

1 comentarios:

Zarpas dijo...

Mañana me lo leo con tiempo, espero gran cosa! Por lo pronto: Gracias por volver a escribir. Esta última semana no sabía que hacer con los 15 minutos diarios que dedico a dehesabee... Pensé incluso en leer a Alaska en Libertad Digital. Al final no lo hice.