Historias para no dormir

Es jueves, son las siete de la tarde y no he hecho planes con nadie, me apetece estar solo un rato así que voy a la calle para dar un paseo y pensar en mis cosas. Salgo de mi portal y un carrito de bebé se cruza en mi camino, trato de esquivarlo y lo consigo, pero también consigo que una mierda de perro se adhiera a la suela de mi zapatilla. Me la limpio restregándola contra el césped de un parque por el que paso y sigo caminando.

Me cruzo con una típica tasca madrileña, “Casa Pepi” dice un cartel que parecer estar en lucha constante contra la gravedad. Observo la cutre-entrada una y otra vez y por fin decido atravesar esa reja negra incrustada en el suelo en 1965, repintada anualmente, que separa la calle del interior del local y que deja entrever un almacén lleno de ratas en el piso inferior. Estoy dentro, me doy cuenta de que seguramente, el lugar que mejor huele dentro del bar sea el retrete. El ambiente está muy cargado y la inhalación de aire resulta dificultosa, excepto para una raza de seres “habitantes de tascas” y “desayunadores de solysombras” con puro incluido, que han desarrollado en el interior de sus aparatos respiratorios glándulas capaces de filtrar todo tipo de fritangas.

Echo un vistazo alrededor y me fijo en una pizarra colgada en una pared que en un tiempo pasado fue blanca, ahora es marrón, todo está cubierto por una capa marrón, incluso las personas que allí se encuentran, como si de la serie “Cuéntame” se tratara. Azulejos con antiguos refranes y cuadros de viejos toreros adornan las paredes cuya parte inferior está forrada de madera. Me pican los ojos debido a la cantidad de humo suspendido en el aire y toda mi ropa huele a oreja a la plancha pero me resisto a abandonar el bar sin, antes, probar uno de sus “exquisitos bocadillos de la casa”. Miro hacia la barra mientras suelto un "Mu buenas" a un señor con bigote, alto y de complexión bastante gruesa, con una edad que sólo podría ser calculada mediante la prueba del carbono 14, vestido con un delantal de flores.

Me extraño de su atuendo y me doy cuenta de que no es un señor sino una señora, la señora Pepi. En mi interior suelto una carcajada mientras pienso en lo curioso de aquel lugar.Miro a la señora Pepi, un escalofrío recorre mi espina dorsal, y le pido un bocadillo de calamares y un mosto, ella asiente mientras hurga en su nariz con el dedo índice de su mano derecha. Acto seguido se da la vuelta. Pepi, que acaba de dejar de ser señora, abre un tupperware y, extrae de él, con su mano derecha, unos cuantos calamares de color gris, los huele llegando a tocarlos con su nariz, los pasa por una harina llena de trozos de diferentes tamaños y colores, algunos de los cuales se mueven, y los echa a una freidora en la que chisporrotea un aceite de color negro. Aprovecho que está de espaldas para salir corriendo de ese lugar. Al llegar a la puerta tropiezo con la reja negra incrustada en el suelo desde 1965 y caigo justo encima de una mancha de grasa que mi cazadora nueva de ante absorbe como si de esponja estuviese hecha.

Empieza a llover y yo, que he salido sin paraguas confiando en que el buen tiempo me acompañase, me calo hasta los huesos y me meto en el primer cajero que me encuentro. Un chico joven de rostro enjuto, extraño aspecto, poco arreglado, con unas zapatillas “J'Hayber”, pantalones de chándal “Tartel” y la camiseta del F. C. Barcelona de la temporada '86 me saluda muy cortésmente, justo antes de sacar una jeringuilla de uno de su bolsillos y amenazarme con clavármela si no le doy mi “Ipod” y mi “Lotus”. Salgo del cajero, no sé qué hora es y mis oídos ya no escuchan música, pero sonrío al pensar que no tengo ninguna enfermedad mortal de transmisión sexual. Me cruzo con una chica joven y le pregunto la hora, son las siete y cuarenta y dos de la tarde.

Sigue lloviendo y he perdido casi cuarenta y tres minutos de mi vida. Decido irme a casa en autobús para así evitar que me pase algo peor por el camino, pero no llevo la cartera encima así que sigo caminando con cara de imbécil hacia mi casa.

2 comentarios:

Adr dijo...

simplemente bestial, a este chico le ha mirado un tuerto...creo que la vida le está diciendo:"chico, ten siempre planes"

Guyb dijo...

Eso es verdad. Yo una vez salí de casa sin planes y al final morí


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